Cuento cortito de Navidad
Empiezo a abrir los párpados lentamente, y mis ojos recogen una luz muy brillante que me hacen la visión difícil. Es de suponer que me estoy despertando, pero de una forma gradual y muy placentera. Siento una paz interior plena.
Al segundo, empiezo a tener una mezcla de curiosidad y felicidad; dos sensaciones muy deseadas. Veo a mi izquierda a una mujer guapa, tierna, con un rostro cansado, pero fuerte de alegría; y a mi derecha a un hombre alto, con barba y un bastón en la mano; y un poco más atrás, dos animales: un buey y una mula. Miro hacía arriba y a los lados. ¡Ay Dios mío! , creo que acabo de nacer y estoy en un pesebre.
No me había dado cuenta pero delante de mí hay mucha gente. De pronto oigo al señor de la barba y el bastón que dice:
- ¡María, el Niño se ha despertado!
- ¡Si, José, ya está en este mundo!
- ¡Qué guapo es!, dice José.
- María comenta: ¿Estará bien?.
- Sí, ¿no ves la carita de felicidad que tiene?
Me digo: estos son mis padres: María y José… ya empiezo a darme cuenta de quién Soy. Soy: ¡El Niño Jesús!, menuda responsabilidad. Todo el mundo estará pendiente de Mi y de lo que haga. Acabo de nacer y ya tengo impuestas un sin fin de condiciones, y con estas, un montón de decisiones.
Que tontería se me ha pasado por la cabeza en un momento. ¡Hay que dignificar el milagro de la vida!, aceptar y provocar desafíos, tengo que desprenderme de los miedos.
De entre tanta gente que habían venido a verme no me había dado cuenta de que, entre ella, sobresalen tres personas juntas y muy altas, con unos ropajes diferentes del resto. Túnicas largas con ribetes dorados, con amplias barbas, y uno de ellos era de color negro. Me miraban con una sonrisa que se les había quedado sujeta en sus facciones. ¿A qué vendrían?.
Los tres personajes se acercan y dicen: Venimos buscando al “Rey de los Judíos”. Una estrella radiante y amable nos ha traído hasta aquí, hasta Belén, hasta este humilde pesebre, y lo hemos encontrado. Estamos aquí para adorarle y ofrecerle tres simbólicos regalos. Nuestros nombres son: Melchor, Gaspar y Baltasar.
Mi curiosidad iba en aumento, estaba deseando, como cualquier niño, ver mis regalos. Pero presentía, que yo no iba a ser como cualquier otro niño. Que mi presencia en este mundo tendría un significado que representaría al sacrificio, y sería un referente por los siglos de los siglos. Por lo tanto mis regalos tendrían que ser de acorde a mi condición.
Con voz grave, Melchor, uno de los Reyes, dice: te traemos tres regalos. Hemos hecho lo que hemos podido, a pesar de la crisis económica que padece toda la Región. Entre otras medidas, tenemos que deciros que en la corte del Rey Herodes están descontando el 5% de la soldada mensual a escribanos y a galenos para reducir el gasto, y controlar el déficit.; se han gastado muchos denarios de forma innecesaria para cubrir las disputas y las guerras, y claro, Herodes se ha visto abocado a reducir gastos. No ha cavado el pozo para cuando se tuviera sed; no ha sido previsor. El Fondo Monetario que dirige Pilatos, que por cierto, siempre se lava las manos en todo, está muy preocupado, y exige más sacrificios, amparándose en la desconfianza que le proporciona la prima de riesgo de Judea. Ve peligrar la Denario Zona.
A pesar de todo ello te traemos un poquito de Oro, un poquito de Incienso y un poquito de Mirra, no había más.
El poco Oro que te ofrecemos te servirá para disfrutar y valorar lo que tienes; el escaso Incienso te purificará tus pensamientos, logrando en ti una continua Paz Interior; la exigua Mirra logrará que afrontes con madurez las adversidades y sufrimientos que la Vida ofrece.
Y se marcharon…
FIN
El día de Nochebuena levanta la cabeza, mira al firmamento y busca una estrella; esa que ves es la tuya. Pide un deseo, un deseo amplio que abrace a muchas personas. Es necesario.
Que el poco Oro, el escaso Incienso y la exigua Mirra, descritos como regalos en este cortito Cuento de Navidad, provoquen en ti los mismos efectos que al Niño Jesús y obtengas la Paz y Felicidad que tanto te mereces.
Feliz Navidad

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